sábado, 25 de octubre de 2008

Parar para avanzar





En vacaciones tengo la sensación de ir viajando en un tren de vapor. La velocidad permite contemplar el paisaje y disfrutar del camino. El traqueteo me mece y adormece mis ansias. Pero mi tren empieza a acelerarse y se convierte en un AVE en el que los paisajes son rayas que no dejan distinguir los colores, el chacacha es un zumbido que me aturde los oídos y me mareo.

Digo con demasiada asiduidad “a ver si nos vemos!” y sueño con que “un día de estos” haré todas esas cosas que mi corazón necesita: un café para arreglar el mundo, un paseo en bici, una cena en familia, una tarde de sofá y novela,... todo eso que haré el 34 de juliembre, ósea, nunca.

Me descubro despachando por email con los míos las inquietudes y anhelos de mi corazón. Los deseos, las ilusiones, los planes se convierten en guiones numerados dispuestos a tomar forma de cita en mi outlook. Una pena.

Me debato entre dejarme llevar y convertirme en el conejito de Alicia en el País de las Maravillas y excusarme ante todo lo que me pierdo con un “llego tarde, llego tarde” o como Mafalda plantarme con gesto mohíno y gritar “que paren el mundo que me bajo!”.

Quiero vivir pudiéndome parar para mirar a los ojos de quien tengo enfrente, para poder escuchar los corazones que laten cerca del mío, para poder respirar hondo y ser consciente de que estoy viva.

Entonces recuerdo una llamada de atención que se les hace a los peregrinos: “Peregrino, detente. Cuanto más te paras más avanzas”.


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De Colores