miércoles, 26 de noviembre de 2008

"Sueño con que la fe aporte valores y sentido"



Con este deseo abre el ex primer ministro inglés la sección "I have a dream" que el periódico parisino Le Monde propone a personajes mundialmente conocidos, todo un reto para una sociedad moderna que silencia la pregunta por Dios.

"Mi fe es el punto de anclaje de mis convicciones,
funda los valores que tengo como referencia,
forja mi visión de la humanidad"
ha sentenciado Blair.

Descubrí la fe, cuando llegué a Oxford, en los años 70. Antes, no era prácticamente religioso. Mi padre era ateo. Y aunque mi madre nos llevaba los domingos a la iglesia, no recibí una verdadera educación religiosa. Digamos que el mínimo. El Chorister School, al que fui desde los ocho años, estaba al lado de la catedral de Durham y los alumnos íbamos a los oficios, pero estaba lejos de ser un elemento esencial de mi vida. Fue necesario que llegara a ser estudiante en el Saint John's College para que se despertara un fuerte atractivo por la religión, al mismo tiempo que lo hacía también la política. Un interés que no ha dejado de crecer, incluso durante el tiempo que fui primer ministro.

Frecuentaba un pequeño grupo de estudiantes muy poco convencional. Lo formaban Peter Thomson, un estudiante australiano de Teología, sacerdote anglicano, un poco más mayor que nosotros, carismático, divertido; Geoff Gallop, otro australiano, que será más tarde primer ministro de Australia del Oeste; un ugandés, un indio... Jóvenes profundos, alegres, de orígenes étnicos y religiosos variados, con los que tenía conversaciones nocturnas apasionantes sobre la naturaleza del hombre, la organización de la sociedad, el destino, la responsabilidad, el compromiso, la religión.

Queríamos cambiar el mundo. ¡Por supuesto! Y el concepto de comunidad nos parecía esencial. Creía que uno no debía contentarse con vivir para sí mismo, sino que hacía falta hacerlo para y a través de los otros. Que la realización individual se sostenía en la solidaridad con los otros. Que una sociedad no tenía cohesión si no aceptaba al otro como parte de sí mismo. El puente entre la religión y la política era para mí evidente. En aquella época , los años 70, este tipo de reflexión no seguía los vientos de la moda que pedían que uno fuera radical, es decir, revolucionario. No seguí un plan de estudios clásico, lo cual no me impedía tocar la guitarra en un grupo de rock.

Prefería conocer las religiones y me inscribí en un curso de instrucción religiosa impartido por el capellán del colegio, antes de ser recibido oficialmente en la Iglesia de Inglaterra en la capilla de Saint John. Esta ceremonia de confirmación se hace normalmente a edades tempranas, pero yo quería, y mis compañeros, especialmente los roqueros, comprendieron que para mi era importante, pues tenía ya 20 años. Era una verdadera elección. Así, la religión se convertía en el la base sobre la que se fundaba mi pensamiento político

Cherie, mi mujer, venía de una familia muy católica y estaba muy comprometida en movimientos de jóvenes cristianos. No se equivoca cuando hoy afirma que fue nuestra fe común, así como nuestras múltiples discusiones sobre Dios, lo que nos reunió. Además compartíamos la idea de que la fe no obstaculiza la vida de los jóvenes modernos y no tenía nada que ver con el aburrimiento o el puritanismo. Es por tanto natural que educáramos a nuestros hijos en la religión. Cherie, deseaba que fuera en el catolicismo y que la misa del domingo fuera una cuestión de familia.

Si he escogido, hace algunos meses, convertirme al catolicismo, no es para desafiar a al Iglesia de Inglaterra, sino para compartir, naturalmente la religión de mi familia. He esperado a dejar el gobierno. ¡No quiero imaginar la polémica inútil que este gesto habría suscitado si lo hubiera hecho estando en Downing Street! Para un líder político británico, hablar de su fe es siempre sospechoso, y muy mal visto. En mi caso personal, de cualquier forma, lo he encontrado difícil. Y eso me revela. ¡No se trata de algo de lo que haya que avergonzarse!

Es un polo esencial de nuestra vida y deberíamos poder hablar de ello simplemente, sin que sea juzgado ridículo o reaccionario, y sin dar la impresión que ponemos en cuestión los fundamentos de un Estado laico.

Esto proporcionaría claves a los electores para comprender mejor el carácter y la motivación de sus líderes. ¿Cómo imaginar que de hecho su fe no afecte a su acción política? ¡Es imposible!

Mi fe es el punto de anclaje de mis convicciones,
funda los valores que tengo como referencia,
forja mi visión de la humanidad.

Mi compromiso con África
o mis posiciones ante el problema del cambio climático son un reflejo.


No esperé al 11 septiembre 2001 y al miedo inmediato a un choque entre civilizaciones entre cristianos y musulmanes para leer el Corán. Aún menos para tomar conciencia de la importancia crucial de la cuestión religiosa. El pensamiento ilustrado ha querido hacernos creer que el progreso de la humanidad es sinónimo de extinción de las religiones, de las que ya no tendríamos necesidad; que Dios estaba condenado ¡qué error! Un estudio reciente de Gallup muestra que a la pregunta ¿La religión es importante en nuestra vida? Entre un 90% y un 96% preguntados en los países musulmanes responden "si". La tasa varía a un 70% en los Estado Unidos y un 36% en el Reino Unido, que no deja de ser un porcentaje elevado. ¿Cómo ignorar, entonces, un elemento fundamental en la vida de millones de gente?

Me atrevo a pronunciar un deseo. Sueño que consigamos, que lejos de ser una reliquia histórica, la fe pueda jugar un papel salvador en el mundo cada día más interdependiente. Deseo que la religión humanice, de sentido, valores, una dimensión espiritual a una globalización caótica que hacer perder a los pueblos su identidad y puntos de referencia. Deseo que lejos de temerse, desafiarse, combatir, los creyentes de las diversas religiones aprendan a dialogar, a respetarse y a trabajar juntos por el bien común. Que den la espalda al extremismo y al oscurantismo que lleva hasta a negar la ciencia, para descubrir mejor sus raíces y valores comunes de respeto, justicia y compasión y que transforman la fe en fuerza y progreso.

El mundo cambia a un a velocidad rapidísima. La globalización no es solamente económica, política, ideológica; conlleva, también, migraciones masivas, desplaza a Asia el centro de gravedad del planeta, embarca en un mismo movimientos sísmico pueblos, culturas y naciones, sin ni siquiera una brújula.

En este mundo pueden nacer conflictos y divisiones catastróficas. Pero, estoy convencido de que la fe, puede servir de guía, de unificador y de motor para el futuro.

La fundación Tony Blair que acabo de lanzar, favorecerá el encuentro entre las seis grandes religiones y las instará a resolver juntos problemas, más que a crearlos. Combatir el azote de la malaria que mata cada año a millones de personas puede ser un ejemplo formidable de trabajo en común. ¿Se imaginan la eficacia de una cadena formada por las mezquitas, los templos, las iglesias dispersas en los rincones más escondidos de África, para distribuir las mosquiteras profilácticas que evitarán tantas muertes? ¡Esto sería fe en acción!

Queremos provocar el diálogo, el conocimiento y el reconocimiento de las religiones entre ellas. Yo mismo daré un discurso en la universidad de Yale para sensibilizar a los futuros actores económicos y políticos de la globalización en la cuestión religiosa. No se puede pretender gobernar el mundo sin comprender los anhelos del corazón de la gente que se corresponde con su incontenible aspiración de espiritualidad.

El siglo XX fue el de las ideologías erráticas. Deseo que el siglo XXI sea aquél de la coexistencia pacífica entre religiones y de un reconocimiento de la pertinencia y de la modernidad de la fe. Es una tarea a la que me dedicaré hasta el final de mi vida.

Artículo original en Le Monde el 21-7-08: Tony Blair : "Je rêve que la foi apporte sens et valeurs à une globalisation chaotique".

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De Colores