domingo, 30 de septiembre de 2007

Compañeros de viaje


Asumo el riesgo de que se me tache de ñoña, de abrir un debate más supersticioso que espiritual o de que haya quien piense que soy una fantasiosa... pero hoy tengo que hablar de los ángeles o, más bien, me gustaría plantear esta cuestión y conocer vuestra opinión...

Hoy la Iglesia celebra el día de los Arcángeles:
Gabriel, Miguel y Rafael y esto me ha vuelto a remover algo que me ronda desde hace un tiempo: ¿cómo se llama mi ángel custodio?

Creo que quizás aquel amigo imaginario de mi infancia, con nombre y todo!, que nadie comprendía de donde había sacado, pueda ser...

Os invito a dar un paseo por los enlaces que os adjunto de catholic.net porque han puesto palabras muy acertadas a las dudas que yo tenía.

Se me mezclaban los ángeles con el Espíritu Santo, como tantas veces, me veía en la tentación de confundir las mediaciones de Dios con Dios mismo.

Alguien en quien confío me contó hace poco que todos tenemos un ángel de la guarda permanentemente con nosotros pero que sólo sabe lo que le contamos y que quiere interceder por nosotros y ayudarnos a cada paso del camino.

En fin, el motivo de este post (si soy sincera) es más conocer vuestra opinión y experiencias más que contaros yo muchas cosas.

Sea como sea sé que necesito alas y pies...
Alas para soñar el futuro, pies para empezar a realizarlo...

¡Me está gustando pararme a mirar y conocer estos
compañeros de viaje!


De Colores

3 comentarios:

Amor dijo...

yo creo más bien que los ángeles son como nosotros: de carne y hueso, y que a menudo nosotros somos ángeles los unos para los otros, de mil maneras, de todas las maneras, de las más atrevidas y de las más tiernas y osadas

en el fondo no somos más que:

amor

:-)

Nerya dijo...

Todos tenemos un ángel que nos cuida, pero ten en cuenta que él no intercede por nosotros, sino el Espíritu Santo, que al fin de cuentas, es Dios mismo. Es parte de la trinidad: Dios, Hijo y Espíritu Santo.

Por tanto, pensándolo así, más que interceder , es Dios mismo el que nos cuida, de ahí que sea omnipresente...

De todas formas creo que lo de la trinidad se nos escapa a nuestro entendimiento, y únicamente lo lograremos entender cuando lleguemos al cielo. Por tanto, de momento, tenemos que tener Fe.

Por cierto, me alegro de que te haya gustado mi blog.

El tuyo también está muy bien.

Se libre ;)

Talita Plum dijo...

Ays... seguimos con los ángeles porque hoy es el día de los ángeles custodios... así que, aunque sea aquí... pego una reflecxión que me ha llegado hoy.

Nuestro ángel de la guarda

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual



Muchos tienen la costumbre de hablar con su ángel de la guarda. Le piden ayuda para resolver un problema familiar, para encontrar un estacionamiento, para no ser engañados en las compras, para dar un consejo acertado a un amigo, para consolar a los abuelos, a los padres o a los hijos.

Otros tienen al ángel de la guarda un poco olvidado. Quizá escucharon, de niños, que existe, que nos cuida, que nos ayuda en las mil aventuras de la vida. Recordarán, tal vez, haber visto el dibujo de un niño que camina, cogido de la mano, junto a un ángel grande y bello. Pero desde hace tiempo tienen al ángel “aparcado”, en el baúl de los recuerdos.

De grandes es normal que hablemos a los niños de su ángel de la guarda. Nos sería de provecho pensar también en nuestro ángel que, desde el bautismo, está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.

Es verdad: Dios es el centro de nuestro amor, y a veces no tenemos mucho tiempo para pensar en los espíritus angélicos. Podemos, sin embargo, ver a nuestro ángel de la guarda no como una “devoción privada” ni como un residuo de la niñez, sino como un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una creatura celeste que contempla ese rostro del Padre que tanto anhelamos.

Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo, como el de los niños que poseen el Reino de los cielos (cf. Mt 19,14), con el propio ángel de la guarda. Para darle las gracias por su ayuda constante, por su protección, por su cariño. Para sentirnos, a través de él, más cerca de Dios. Para recordar que cada uno de nosotros tiene un alma preciosa, magnífica, infinitamente amada, invitada a llegar un día al cielo, al lugar donde el Amor y la Armonía lo son todo para todos. Para pedirle ayuda en un momento de prueba o ante las mil aventuras de la vida.

Necesitamos repetir, o aprender de cero, esa oración que la Iglesia, desde hace siglos, nos ha enseñado para dirigirnos a nuestro ángel de la guarda:

Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día.
Amén.