jueves, 4 de diciembre de 2008

Ven, Señor




Muchos me reclamáis y os quejáis de que no escribo o de que escribo menos. Es verdad, tengo que reconocer que hay menos de cosecha propia, pero me niego a hablar por hablar y en mi silencio otras voces suenan y traen cosas a mi corazón.

Otros dicen más y mejor que yo o quizá haya silencio en mi alma, pero me quedo con que en mi silencio puedo escuchar otras voces y no quiero dejar que el orgullo me impida hacerme eco de ellas porque quizá también sean para alguno de vosotros.

Hoy os traigo una carta pastoral del obispo de Huesca Jaca que me ha ayudado en este comienzo de Adviento. Sigo intentando fijar mis ojos en Quién espero más que en cómo yo espero o en qué espero... para que no digáis que no dejo nada mio me mojo usando las negritas en lo que más huella deja en mi camino de hoy.


Queridos Hermanos y amigos: Paz y Bien.



Estamos de estreno en un año nuevo cristiano que acaba de empezar. Nos volveremos a empapar de unas lecturas y signos que son la habitual compañía de este tiempo de Adviento. Pero para poder entenederlo deberíamos sacudir una cierta inercia de creer que no estamos ante nada nuevo, ante algo que nos re-que-te-sabemos-ya. Sin embargo, para aquellos primeros que esperaron a quien se espera en el Adviento, una desazón anhelante vibraba como grito en su garganta: necesitaban algo nuevo, Alguien nuevo. Necesitaban abrazar una novedad que les arrebatase de sus zafiedades vulgares, de sus encerronas sin salida, de sus dramas insolubles, de sus trampas disfrazadas, de sus odios y tristezas, de sus errores y horrores; Alguien que no jugara con sus crisis, y que pudiera solventarlas o les ayudase a vivirlas.



Así andaban... aquellos buenos hombres hace ahora casi 2000 años. Sus ojos, cansados de mirar vaciedades; sus oídos hartos de escuchar verdades de cartónpiedra; y sus corazones, ahítos de seguir y perseguir una felicidad fugitiva, eran suficientes razones y representaban sobradamente la experiencia de cada día, como para esperar algo nuevo, Alguien que de verdad fuese la respuesta adecuada a sus búsquedas y anhelos. Era el primer Adviento. ¿Pero cómo es nuestra situación personal y social? ¿Cabe esperar a Alguien que en el fondo esperan nuestros ojos, oidos y corazón... o tal vez ya estamos entretenidos suficientemente como para arriesgarnos a reconocer que hay demasiados frentes abiertos en nosotros y entre nosotros que, precisamente, están relcamando la llegada del Esperado? Nosotros, dos mil años después tenemos necesidad de vivir con realismo cristiano la fiesta de la Navidad y el tiempo que litúrgicamente la prepara.



Cuando miramos por el ventanal de la terca realidad, vemos que las mismas cuestiones corregidas y aumentadas hacen que Él siga encarnándose. Porque necesitamos que el Salvador ponga fin a todos los desmanes que manchan la dignidad del hombre e insultan la gloria de Dios: esa lista de horrores y errores que nos sirven cada día los medios de comunicación en sus secciones de sucesos (y en las de economía, y en las de política, y en las de cultura, o educación, o sanidad).



En este tiempo de gracia que es el Adviento, Dios nos vuelve a poner delante la invitación a esperar: tú que gritas, que sufres, que dudas, que te lamentas, que intuyes la falsedad de tantos progresos pero que no aciertas a encontrar la verdad del verdadero...; tú que tienes tanto sin resolver en ti y entre los tuyos... ¡espera al Salvador, canta “ven, Señor”! Atrévete a hacer la lista de todas tus imposibilidades, de todos tus límites y desesperanzas. Dios las abraza, las toma en serio, las reviste de posibilidad.



El Señor os bendiga y os guarde.



+ Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca


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De Colores